La figura de Gilda ocupa un lugar de transformación en la cultura popular argentina. Ícono de la música tropical de la década del noventa, su historia adquirió una dimensión espiritual tras su muerte, y un gran éxito musical.
Miriam Alejandra Bianchi nació en el barrio de Devoto y dedicó sus primeros años de juventud a la docencia. Nadie en su entorno escolar imaginaba que aquella maestra jardinera de modales suaves se convertiría en el mayor ícono de la música tropical argentina bajo el seudónimo artístico de Gilda, quién hoy traspasa las fronteras a través de ese género musical.
El ingreso de Gilda a la industria musical ocurrió de forma tardía, desafiando los prejuicios de un ambiente dominado por hombres. Su estilo romántico y su voz dulce contrastaban con la época. Y a su vez, la artista logró imponer un sello propio que conectó rápidamente con las clases trabajadoras y populares.
El Santuario de Gilda: fe y mito popular
El ascenso hacia la fama nacional fue abrupto y exigente. Gilda recorría miles de kilómetros cada semana para cumplir con presentaciones en bailantas y clubes de barrio. Su figura delgada y sus vestidos brillantes se volvieron familiares en los hogares a través de la televisión abierta.
Sin embargo, el destino de la artista cambió para siempre la noche del 7 de septiembre de 1996. En el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, un camión embistió el colectivo donde viajaba la cantante junto a sus músicos y familiares, provocando una de las tragedias más grandes del rubro, y lanzando a la cantante a la fama.
El accidente fue devastador y terminó con la vida de Gilda, su madre, su hija mayor y tres de sus músicos. Las crónicas policiales de la época describieron una escena caótica bajo la lluvia. Los restos del vehículo quedaron como testigos mudos de un final que conmocionó al país, y que en la actualidad, la figura de la artista sigue vigente a través de sus canciones que hacen bailar a varias generaciones.
